Una interpretación rompedora de la crisis y de sus vías de solución

Escrito por || 29 mayo, 2012 en Actualidad Económica - Sin comentarios

El economista inglés Timothy Congdon ofreció una interesante conferencia en la Fundación Rafael del Pino en Madrid. Este autor es de la escuela monetarista, seguidor de Milton Friedman. Su teoría es que el monetarismo se ha perdido y ello es el culpable de la crisis actual.

En 1963 Friedman y Schwartz publicaron la historia monetaria de los EEUU de 1867 a 1960. Al analizar la gran depresión observaron que la oferta monetaria, medida por la M2, había caído en los primeros años de esa crisis el 40%. Esta falta de liquidez fue la culpable de la depresión y la falta de consumo, inversión o gasto público fueron sus consecuencias y no la causa del descenso de la actividad económica. Estos autores criticaron a la Reserva Federal, ente de reciente creación en esa época, acusando a sus equivocadas políticas del origen de la gran depresión. Congdon mostró un gráfico que compara el crecimiento nominal del PIB y de la oferta monetaria en EEUU en el siglo XX, señalando que el crecimiento medio de uno y otro y otro eran prácticamente idénticos (en torno al 6,5% anual) y además los movimientos de las dos variables coincidían en el tiempo, con una correlación altísima.

Por todo ello, el monetarismo se caracteriza por pedir que la política económica se limite a garantizar un aumento estable y moderado de la cantidad de dinero, lo que traerá consigo crecimiento económico y baja inflación.

El conferenciante mostró los gráficos de evolución de la oferta monetaria en EEUU, Reino Unido y la zona euro en los pocos años de este siglo, observando un paralelismo con lo ocurrido en la gran depresión, aunque con movimientos algo menos bruscos. En EEUU el crecimiento de la masa monetaria llegó a estar por encima del 15% para pasar a cifras negativas a partir de 2007. En el caso del Reino Unido y de Europa los márgenes estaban entre +10% y -5%. Para Congdon, los responsables de esta crisis son la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo, personalizándolo en Bernanke, King y Trichet.

En resumen, el gran culpable de la crisis es el abandono de un verdadero monetarismo, en el que, tal como señalaba Friedman, el objetivo debe ser proveer un crecimiento estable de la masa monetaria. En los primeros años de este siglo, las autoridades monetarias se fijaron en la evolución de la inflación, es decir, del índice de precios al consumo. Como en este periodo la inflación siempre fue moderada, no dieron importancia al crecimiento de la masa monetaria, causante de las burbujas inmobiliarias. En una economía abierta la producción de productos de consumo se trasladó a las nuevas economías emergentes, más eficientes, por lo que ese crédito fácil, con el consiguiente aumento de la oferta monetaria, no se tradujo en inflación, pero sí originó un gran aumento del precio de otros activos, los que no podían ser provistos por la economías emergentes, esto es, los inmuebles.

En un momento determinado, las autoridades monetarias se preocuparon por el aumento del crédito bancario por sus posibles repercusiones en la solvencia del sistema financiero y después de unas moderadas subidas de los tipos de interés oficiales, empezaron a endurecer el régimen de funcionamiento de los bancos, aumentando las provisiones y el coeficiente de solvencia. El efecto conjunto de estas dos medidas produjo que los bancos tuvieran que cerrar el grifo del crédito, lo que provocó que los precios de los activos muy vinculados a la financiación ajena se desplomasen. A su vez, los agentes económicos dependientes del crédito empezaron a suspender pagos, con lo que aumentó la morosidad, deteriorándose aún más la solvencia de los bancos.

Las autoridades monetarias, ante las nacionalizaciones bancarias, se empeñaron en impedir que se volviera a reproducir esta crisis financiera, endureciendo aún más las condiciones para la concesión de crédito por la banca, con lo que este siguió cayendo, arrastrando los precios de los inmuebles, reduciendo la cantidad de dinero en circulación. El mercado interbancario dejó de funcionar y los bancos centrales suplieron su ausencia con aumentos de las disponibilidades a sus sistemas bancarios. Desde un punto de vista gráfico, al darse cuenta de la existencia de una burbuja, en vez de deshincharla, la reventaron.

Eso sí, los tipos de interés oficiales bajaron a niveles próximos a cero, con lo que muchas autoridades afirmaron que la política monetaria no era de utilidad, porque los intereses no podían ser negativos. Se olvidaban de que los tipos, por un lado, son una variable intermedia, porque el verdadero objetivo debe ser controlar la oferta monetaria, que debe seguir una tendencia estable y suavemente ascendente. Por otro lado, los tipos de interés oficiales dejaron de ser significativos, ya que ante la escasez de crédito, causada por las dificultades impuestas por las autoridades monetarias, los diferenciales a los que se conceden los créditos no han hecho sino subir.

En resumen, según Congdon, el problema vuelve a ser los bancos centrales con el endurecimiento de las condiciones impuestas a la banca y su principal manifestación son los sucesivos acuerdos de Basilea.

Sí las autoridades monetarias simplemente hubiesen moderado el crecimiento de la oferta monetaria, hubiésemos seguido por un camino de crecimiento y la economía tendría financiación, tanto el sector público, como las familias y empresas. Puede que algo más limitada y cara, pero seguiría existiendo.

Lo que no explicó es, en estas condiciones hipotéticas, que habría pasado, por ejemplo, con el mercado inmobiliario, con más de un millón de viviendas sin vender y con patatales a precios de solares céntricos, algunos en poder de las entidades de crédito y no solo por ejecución de garantías.

Lo que sí es curioso es el comportamiento gregario del ser humano, en este caso de los bancos centrales y que es totalmente cierto que el hombre es el único animal que es capaz de tropezar innumerables veces en la misma piedra.

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